Star Trek Discovery va encontrando su propio tono (no sin algún tropiezo)

Definitivamente, Star Trek Discovery ha cambiado de etapa con su tercera temporada, y el cambio le sienta bien. Ha dejado atrás el encaje de tramas y argumentos que echaban mano del contexto temporal que conocíamos y jugaban a la acumulación de referencias, cual una fanfiction de pago, y ahora trata de encontrar su propia historia. Podrá salirles mejor o peor, pero por fin estamos viendo algo verdaderamente nuevo. Se trata de una etapa con «vibras de Andromeda», como nos dijo un buen amigo, entre ellas ciertos indicios de una computadora adquiriendo consciencia (aunque, de momento, a escondidas). Y es con este punto de partida que hemos cruzado el ecuador de la temporada, siguiendo las peripecias de la USS Discovery en el lejano siglo XXXII.

El episodio Forget Me Not nos dio a conocer la historia de Adira Tal, la nueva incorporación a la Discovery, aprovechando la ocasión para revisitar de nuevo a los trill y todo el juego narrativo que pueden dar sus simbiontes. Es una historia sólida, con una aproximación visualmente interesante de la exploración de la memoria de los anfitriones previos, y que aprovecha lo que se había contado anteriormente sobre los trill para buscar nuevas posibilidades. Por favor, queremos más episodios en esta línea.

El siguiente, Die Trying, tuvo el interés de mostrarnos más de cerca lo que queda de la Flota Estelar en ese siglo XXXII tan accidentado. Se nos presentó a los oficiales que reciben a la Discovery con una actitud algo hostil y paranoica, pero en buena parte justificada. La segunda mitad del episodio, centrada en la misión a la nave botánica, resultó menos interesante, quizás por ser más manida y a la vez pecar de algunos de los vicios recurrentes de esta serie, como el de intentar dar solemnidad a una trama que no da para más recurriendo a una hiperemocionalidad forzada.

¿Por qué nos parece forzada? Para que la audiencia comparta un determinado sentimiento con el personaje es necesario que se establezca una empatía previa entre los dos. Una primera forma es mediante situaciones que para la audiencia sean totalmente comprensibles y asimilables (tal como ocurría con el personaje de la sra. Rana a la que nos referíamos unos días atrás; es fácil comprender y establecer empatía con una madre que quiere dar un futuro a sus hijos). Una segunda forma (complementaria de la primera) sería que cuanto más conozcamos al personaje (su historia, circunstancias, forma de pensar, motivaciones…), más herramientas tendrán los guionistas para construir situaciones a las que ese personaje reaccione de manera lógica a ojos del espectador. En cambio, en Star Trek Discovery solemos ver a menudo intentos de construir emocionalidad no en base a estos elementos, sino por la vía melodramática de poner música emotiva acompañada de largos planos de miradas afectadas.

Por otra parte, resultan curiosos un par de detalles que nos han recordado a la encarnación moderna de Battlestar Galactica. Por un lado, ese Gray al que solo Adira puede ver y oír, que nos puede hacer pensar en las versiones «mentales» de Gaius Baltar y Caprica Seis que veían sus homónimos. Y por otro, esa melodía que la tripulación de la Discovery está viendo que todo el mundo parece conocer en el siglo XXXII pero nadie logra recordar de qué… ¿será un nuevo All Along The Watchtower? Quizás la anécdota sea que una de las coproductoras ejecutivas de esta temporada de Star Trek Discovery es Anne Cofell Saundes, quien fue guionista de varios episodios de Battlestar Galactica. ¿Será una inspiración, un homenaje, o algo similar?

¿Será Grey la nueva Cáprica Seis?

El siguiente episodio, Scavengers*, prosigue esta construcción de una narrativa propia, con una misión clandestina de Burnham y Georgiou que tiene parte de ese tono de Farscape que percibimos unos capítulos atrás, y continúa situando las piezas de varios arcos argumentales de la temporada: el enfrentamiento con la Cadena Esmeralda, la enfermedad de Georgiou y la incorporación de Adira Tal. Nos gustó particularmente que pasarse las órdenes por el forro tuviera consecuencias para Burnham (casi irrelevantes, pero algo es algo). ¡Ya era hora!

¡Pero íbamos demasiado bien! La tercera temporada de Star Trek Discovery no será recordada como una creación redefinidora del género, pero estaba funcionando, sobre todo comparada con la anterior. Y tenía que llegar el tropiezo. Nos referimos a Unification III, un amasijo de referencias a episodios anteriores y elementos de otras series de la franquicia, Star Trek Picard incluida, hecho a medida para los trekkies más devotos, pero que se hace indigesto para los que queremos ver una buena y nueva historia, y que incluso diluye las ideas interesantes que aporta (la configuración del planeta Vulcano en el siglo XXXII en tres grupos étnico-culturales diferenciados, por ejemplo) con un desarrollo plomizo y de solemnidades ridículas. ¿Por qué este tropiezo? Apuntamos nuestro dedo acusador a Kirsten Beyer, su guionista, que aparte de ser una trekkie declarada (la combinación de esto y la escritura de guiones de Star Trek suele producir historias completamente abstrusas para los neófitos en la franquicia) y tener en su haber un par más de capitulos de Discovery y uno de Picard, es autora de una docena de novelas de Star Trek Voyager bastante bien recibidas. Desgraciadamente, en esta ocasión dicha familiaridad con la franquicia no ha servido como trampolín para llegar a nuevas alturas, sino como una losa de las que te mantiene a ras del suelo.

Por fortuna, el último episodio que hemos visto, The Sanctuary, recupera el tono y retoma los arcos argumentales de la temporada. Se trata de un capítulo correcto y equilibrado, al quitarle tiempo de pantalla a Burnham para dar más presencia a los demás personajes, como Stamets y Adira, Georgiou, e incluso Detmer, quien tiene ocasión de lucirse como piloto en combate. Por otra parte, en este capítulo se ha manifestado la orientación de género no binaria de Adira Tal, con conversación sobre el uso de pronombres incluida (de compleja traducción al castellano), algo que si bien a estas alturas no será pionero, no deja de ser positivo.

Llegados aquí, se va vislumbrando la receta para que Star Trek Discovery siga mejorando en esta temporada que ha empezado con tan buen pie: menos Burnham, menos Quema y más construcción de mundo.

Menos Burnham: La serie necesita dar más peso a todos los personajes que no sean Michael Burnham, no solo porque Burnham es un personaje algo cansino y que genera poca empatía, sino porque se ha visto que los mejores episodios han sido aquellos en los que la acción ha sido más coral y el protagonismo estaba más repartido. Y no nos referimos solo a Saru, Tilly, Stamets, Culbert y Giorgiou, sino también a la tripulación del puente: Detmer, Rhys, Owosekun y compañía. La serie ganaría mucho si esos personajes que de momento son poco más que extras ganaran peso y tuvieran sus propias tramas. En definitiva, se agradecería un reparto del tiempo, las historias y las tramas más equilibrado y menos centrado en una única protagonista que está resultando ser el personaje menos interesante.

Hay un montón de personajes, y hay que aprovecharlos.

Menos Quema: La catástrofe de la Quema parece ser el misterio de la temporada. Pero hay un problema: en un entorno con múltiples problemas, Burnham siempre se empecina en investigar el orígen de la Quema, incluso cuando hay problemas más graves e inmediatos a su alrededor. Resulta un poco extraño prestar tanta atención a algo que ocurrió hace siglo y medio, ya que en ningún momento se nos transmite la razón de su importancia, más allá de proclamas difusas y grandilocuentes de Burnham. Es muy probable que cuando se desvele la causa de la Quema se descubra también alguna manera de invertir sus efectos, pero este razonamiento sólo es lógico para los espectadores de la serie (ni Burnham ni nadie tiene alguna razón para pensar que la Quema pueda ser reversible y el dilitio pueda «volver a manar»), y las tramas dedicadas a este tema en particular se están haciendo insulsas y con tendencia a lo plúmbeo.

Más construcción de mundo: Hemos pasado ya de largo el ecuador de la temporada y todo el siglo XXXII sigue siendo bastante confuso, empezando por todo lo concerniente a la escasez de dilitio… ¿Cuántas reservas quedan? ¿Cuánto tiempo tardarán en agotarse? ¿Hasta qué punto están limitados los viajes interestelares? ¿Qué dificultades hay para el uso de formas de viaje alternativas (sobre todo cuando vemos avances tecnológicos portentosos como los transportadores personales que parecen de uso generalizado? Tampoco se ha ahondado en todo lo que tiene que ver con la Federación y lo que de ella queda. Da la impresión de que «la Federación» no es más que una base con unas cuantas naves de oficiales voluntariosos, y no queda muy claro quién forma el gobierno civil. ¿Cuál es la situación interestelar? ¿Qué ha sido de las antiguas potencias? Está la Cadena Esmeralda, y eso es todo. Está enormemente desaprovechado, y no hay un sentido de la maravilla de ir descubriendo cómo es este futuro tan lejano. Star Trek Discovery necesita urgentemente mejorar su construcción de mundo, ese conjunto de elementos de ambientación que, si son coherentes, le dan vida, profundidad y verosimilitud a un universo de ficción.

Dicho todo esto, hay un detalle del final del episodio Die Trying que queremos comentar porque es absolutamente erróneo. No afecta para nada la trama ni la historia, es mero adorno, pero es de la clase de cosas que a estas alturas ya debería estar más que superada, tanto en Star Trek como en cualquier otra parte. Nos referimos a cuando Saru le habla al almirante Vance sobre la Edad Oscura, cuando la humanidad estaba plagada de guerras y enfermedades, y de un artista llamado Giotto que ayudó a iniciar el Renacimiento al descubrir la perspectiva de tres puntos, la técnica utilizada en el arte bidimensional para representar la profundidad tridimensional. La metáfora de Saru viene a ser que, igual que Giotto inspiró a la humanidad, la perspectiva única de la USS Discovery podría ayudar a la Federación del sufrido siglo XXXII a «alzar la vista» hacia las estrellas.

De esta bonita metáfora solo hay una cosa aceptable: la analogía entre la Federación del siglo XXXII y los estados europeos de la Edad Media, en el sentido de que son lo que quedó después del colapso de una estructura política de grandes dimensiones, ya fuera la antigua Federación de Planetas Unidos o el Imperio Romano (aunque el Imperio no se vino abajo porque la red de calzadas romanas se volviera impracticable repentinamente). Todo el resto está mal, a dos niveles. Vamos a verlo.

Es terriblemente eurocéntrica. Cuando Saru habla de la Edad Oscura y sus guerras y plagas, en contraposición al Renacimiento que vendrá después, se refiere a ella de forma específica como un ejemplo de toda la humanidad en su conjunto, cuando de hecho esa realidad concreta se refiere solo a Europa. Saru ignora completamente que el resto del mundo no está regido por esa división de periodos históricos, y que la situación que nos describe no se corresponde con la que había en otros lugares del mundo. Podríamos empezar a enumerar distintas regiones cuyas realidades políticas y humanas no encajan con la «edad oscura» europea, como los califatos musulmanes, los sultanatos otomanos, los grandes imperios que gobernaron el subcontinente indio, las dinastías chinas, los pueblos nómadas de las vastas estepas asiáticas, las colectividades, reinos e imperios que formaban el enorme continente africano (del que nada se nos enseña hasta la llegada del dominador europeo), por no hablar de las civilizaciones que poblaban el continente americano, totalmente separadas de la realidad europeas hasta finales del siglo XV. Pero esto se visualizará mucho mejor con el siguiente gráfico:

En negro: Europa.
En blanco: el resto del mundo.

No es nada raro que podamos caer en este tipo de simplificación que considera secundarias o inexistentes tantas partes de la historia de la humanidad. Los europeos y sus descendientes hemos sido educados con una historiografía eurocéntrica que tiene su origen en la legitimación de la dominación colonial. Pero hoy en día ya se alzan suficientes voces en contra de esto como para poder alegar ignorancia. Más aún si se supone que Star Trek quiere ser una obra con un cierto espíritu de superación de las divisiones de la humanidad.

Pero no. Los guionistas parecen ser incapaces de ello, y por eso perpetúan esta narrativa eurocéntrica y que desprecia al resto del planeta, y para más inri la ponen en boca de un alienígena, Saru, resultando en la alucinante implicación in-universe de que la Federación, en el siglo XXIII, todavía asimila la historia de Europa con la historia de la Tierra.

La Edad Oscura no existió. No contentos con perpetuar la perspectiva eurocéntrica, además los guionistas incurren en otro tópico manido ya obsoleto: la idea de que en Europa el medievo fue una época de oscurantismo, retroceso y condiciones vitales especialmente catastróficas, sobre todo en contraste con la antigüedad clásica griego y romana, y el posterior Renacimiento. Esta perspectiva es también algo obsoleta a ojos de los historiadores serios.

Simplificando mucho, la perspectiva del medievo como una «edad oscura» se origina en pensadores y estudiosos humanistas del inicio del Renacimiento en adelante, y de la Era de la Ilustración, cuando la idealización de la antigüedad clásica y la voluntad de caracterizarse a sí mismos como protagonistas de una era de avance y progreso les llevó a describir la etapa anterior, el medievo, como lo peor de lo peor. De aquí surgieron múltiples creencias totalmente falsas pero que todavía perduran, como el derecho de pernada (no existía), la mugre por todas partes (falso, los medievales se lavaban regularmente, tanto domésticamente como en baños públicos), los cinturones de castidad (un invento del siglo XIX) y, a otro nivel, tonterías como la idea de que la Tierra era plana, algo que se sabía falso como mínimo desde la Grecia antigua.

Esta perspectiva ignora, por ejemplo, los tremendos avances en arquitectura, agricultura, navegación o conocimiento, especialmente si tenemos en cuenta los avances en ciencia y matemáticas en el mundo islámico. O el hecho de que la Iglesia medieval fue una institución preservadora de sabiduría y avaladora del descubrimiento científico, porque conocer mejor la naturaleza y el mundo era conocer mejor y acercarse a la obra de Dios.

La paradoja reside en que muchas de las imágenes negativas sobre el medievo ocurren de hecho en el Renacimiento. Es entonces cuando la Iglesia se opone a según qué descubrimientos científicos cuando estos chocan con la doctrina. Y seguían habiendo tantas o más guerras que durante el medievo, tal como seguían habiendo plagas y pestes varias. En fin, no hace falta extenderse más, aunque recomendamos este divertido artículo «El bingo de los mitos del medievo».

* Episodio que comparte título con el estrafalario y gloriosamente ridículo concurso con ambientación de ciencia ficción que presentó Bertín Osborne en Antena 3 en el año 1994, que sólo puede ser descrito como El Gran Juego de la Oca si lo hubiera dirigido un admirador desquiciado de James Cameron en vez de Emilio Aragón.

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