Masters del Universo: Revelación – Cambiarlo todo para que nada cambie

La nostalgia y el recuerdo cotizan al alza en el mercado audiovisual de nuestros días, y por eso abundan las secuelas, reinvenciones, reboots y todo tipo de artilugios centrados en recuperar los referentes de generaciones anteriores de espectadores. Con este contexto nos encontramos con la serie de animación Masters del Universo: Revelación, recientemente estrenada en Netflix, y que se presenta como una secuela de la conocida serie de 1983, He-Man y los Amos del Universo, donde se nos presentó a He-Man, Skeletor, y demás personajes reconocibles incluso para quienes no llegaran a ver la serie o jugar con su línea de juguetes. La franquicia daría lugar además a una serie hermana en 1985, She-Ra (que tendría su correspondiente reinvención en 2018), una película de imagen real perpetrada en 1987 (¡con Dolph Lundgren!), y una nueva serie de He-Man, en una continuidad aparte de la original, en 2002; todo eso sin contar diversas colecciones de cómics.

La serie original, a pesar de haber sido creada con el propósito de publicitar una línea de juguetes ya existente, vista sin las lentes de la nostalgia pero tampoco sin las del revisionismo (tan malo es negarse a ver los defectos de las series de nuestra infancia como privarlas de toda posible virtud), poseía una ambientación a medio camino entre la ciencia-ficción y la espada y brujería que le otorgaba cierto encanto irrepetible, aunque solo fuera por lo estrambóticos que podían llegar a ser los diseños de personajes y vehículos. Muchos de sus defectos derivan de las imposiciones que sufrían las series infantiles de esa época. Tal como Joe Michael Strackzynski (sí, el de Babylon 5) detalla en su libro de memorias Becoming Superman (1), el contenido de los programas infantiles de esa época estaba fuertemente condicionado por los censores de las cadenas, que bajo  palabrería pseudopsicológica imponían alteraciones que reducían la calidad del producto al mismo tiempo que perpetuaban estereotipos racistas, machistas, y similares. Por no hablar de las campañas que podían emprender ciertos grupos de presión si acababan considerando que una serie era «pro-satánica».

Aunque Masters del Universo: Revelación toma algunos elementos de la serie del 2002 y de los cómics, es tremendamente continuista respecto a la serie de animación original. A diferencia de lo que se ha hecho con la serie moderna de She-Ra, el primer episodio de MDU: Revelación podría ir directamente después del último capítulo de la serie original, y de hecho, si la duración de este primer episodio se ampliara hasta llegar a los 90 minutos, lo que ocurre en él podría funcionar perfectamente como una película que pusiera punto y final (aunque un final agridulce) al conflicto entre He-Man y Skeletor. Esto, evidentemente, también habría supuesto poner punto y final a la franquicia, a menos que se dejara abierta la posibilidad de un futuro conflicto que pudiera contarse en una hipotética Masters del Universo: La Nueva Generación.

Semejante propuesta, aunque atrevida, habría sido demasiado radical, de manera que, si bien en el primer episodio de MDU: Revelación se producen grandes cambios en el status quo del planeta Eternia, alterando el equilibrio entre magia y tecnología, y trasladando el protagonismo a personajes distintos de los habituales, todos estos cambios son claramente temporales. No tardamos en descubrir que la nueva situación en Eternia tendrá consecuencias cataclísmicas no solo para el planeta sino para el universo entero, de manera que héroes y villanos deberán aunar fuerzas para recuperar el estado natural de las cosas, que a efectos prácticos vendría a ser el de la serie de animación de los ochenta.

La sensación de peligro es mucho mayor de lo habitual (sobre todo comparada con la serie original, no tanto con la de 2002 o algunas tramas de los cómics), pero no hay duda alguna de que las fuerzas del bien acabarán triunfando. Las heridas y la muerte son posibilidades a tener en cuenta, pero siempre se nos presentan de una forma apta para casi todos los públicos, e incluso si un personaje llega a fallecer, o bien nos ocultan su cadáver, o siempre está presente la posibilidad de su resurrección. Se producen conflictos entre los héroes, pero siempre acaban reconciliándose. Por lo que el espíritu naif de la serie original siempre acaba prevaleciendo indiscutiblemente sobre el cinismo, y no estamos ante ninguna deconstrucción posmoderna darker and edgier, ni nada por el estilo. En ese sentido, la serie del 2002 se atrevía mucho más a romper moldes, además de crear una continuidad completamente nueva, y algunas tramas de los cómics, donde no les temblaba el pulso a la hora de escribir historias sobre conflictos multiversales relativamente sofisticados entre distintas encarnaciones de la franquicia, o realidades alternativas donde Skeletor había triunfado o He-Man se había corrompido, han llegado a ser mucho más osadas.

Es únicamente en ciertos momentos de la caracterización de los personajes donde MDU: Revelación parece transitar ocasionalmente entre dos aguas. Hay escenas en las que los personajes rememoran acontecimientos del pasado, y no pueden evitar mencionar o incluso reírse sin acritud de algunos tópicos de la serie, como los chascarrillos inocentones, la cantidad de veces que han fracasado los planes de los villanos, o lo absurdo de algunos nombres. Parece como si los personajes estuvieran haciendo un metacomentario dirigido a quienes vieron la serie durante su infancia, pero sin decidirse entre guiñar un ojo a esos espectadores o pedirles disculpas. Tampoco contribuye en nada a aclarar esta indefinición el que, incluso después de que hayan comentado lo absurdo que era algún chascarrillo o nombre del pasado, los personajes sigan haciendo chascarrillos o poniendo nombres a ese mismo nivel, dejándonos frases para el recuerdo como «tiene muchos Skeletors en el armario» o «Lo llamamos Mosqui-Man».

Pero, en última instancia, MDU: Revelación realmente no se ha propuesto actualizar ni reinventar nada, sino que se ha centrado en abrir un camino por el que poder proseguir la historia donde se dejó, pero, como cabía esperar, utilizando las formas de contarla de los tiempos actuales. No han buscado iniciar una continuidad completamente nueva (como sí que se ha hecho con She-Ra), ni, afortunadamente, un borrón y cuenta nueva como el que se perpetró en Transformers: la película, y que a día de hoy todavía se recuerda como la gran matanza de juguetes de 1986.

(1)

Libro extraordinario que no podemos dejar de recomendar. Mucho más que una autobiografía, es una historia inspiradora.

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