Moonfall: Cuando Roland Emmerich se queda corto

A veces uno no teme ni a Dios ni al Diablo, y se lanza de cabeza a tomar las decisiones más insensatas con plena consciencia de ello. Eso es lo que ocurrió a quien firma estas líneas, cuando la otra noche se regaló un visionado de Moonfall, la más reciente obra del más celebrado especialista contemporáneo en cine de catástrofes, el inefable Roland Emmerich.

Y cuando se da al play para ver uno de los festivales de destrucción de Emmerich, uno sabe a lo que va: a donde la sofisticación deja paso al puro espectáculo, con lo que no caben muchos análisis diciendo lo mala que es… Tendría tanto sentido como un vegetariano lamentando lo que encuentra si va a comer a un asador. Dicho esto, hagamos un par de comentarios.

Repostando contrareloj.

Moonfall es una película de catástrofes y ciencia ficción. Si la vertiente catastrófica la provee la Luna precipitándose sobre la Tierra, cayendo en una órbita espiral que la acabará llevando al impacto (no sin antes causar destrucción a tutiplén debido a sus presuntos efectos gravitacionales), la ciencia ficción la encontramos (no revelamos nada que no muestre el tráiler) en que la Luna resulta ser una megaestructura alienígena con su peculiar historia (1).

Más allá de que los incondicionales del cine palomitero de poca reflexión en general, y de la obra de Emmerich en particular, se puedan dar un atracón de su menú favorito, Moonfall genera una sensación extraña. Porque no se puede evitar ver constantemente cómo con algunos retoques menores en el guión, que no cambiarían la historia en casi nada, habría sido una película de ciencia ficción bastante más sólida más allá del puro espectáculo bombástico, y que no rompería la suspensión de la incredulidad de la manera en que Moonfall inevitablemente lo hace.

En ese sentido, un detalle que no ayuda a Moonfall es que todo se queda corto: Mucha destrucción por CGI, pero a la vez en muchos aspectos da sensación de telefilm barato. Todas las escenas de la NASA, por poner un ejemplo entre otros, se ven muy pobres. ¡Es la NASA montando operaciones a vida o muerte para salvar al planeta! ¡Tendría que ser grandioso! Pero no, cuatro pringados aquí y cuatro allí montando misiones a la Luna en pocos días. Y así en tantos otros detalles. Todo sabía a poco, y más viniendo de un autor como Emmerich, caracterizado por las proporciones gargantuescas de sus puestas en escena. Resulta intrigante esa constante sensación de «quiero y no puedo», que posiblemente también tenga que ver con el presupuesto: 140 millones de dólares puede parecer mucho, pero se queda corto comparado con los 200 millones de presupuesto que tuvo 2012, que actualizados por la inflación serían 272 millones… Realmente, quizás este es el aspecto que rompe en mayor medida la suspensión de la incredulidad, la forma simple y atropellada en que se nos presenta y explica todo, más allá de cualquier absurdo de su premisa.

Acaban de leer el guión.

Precisamente hay que recordar que el hecho de que la premisa sea un disparate no es óbice para dar lugar a una buena película. ¿Un ejemplo?  Al filo del mañana, con Tom Cruise. Su premisa es un disparate acompañado de algún que otro agujero de guión considerable (2), pero nada de eso resulta molesto porque aunque la premisa sea un disparate, es un disparate coherente consigo misma: La película está muy bien hecha, la historia está muy bien contada, y transmite la sensación de que todos los implicados le han puesto ganas y esfuerzo en vez de limitarse a fabricar otro producto cinematográfico sin alma cuyo único interés ha sido la recaudación en taquilla. 

Y es que si Moonfall tiene una pega inexcusable, ésta consiste en la sensación de que nadie puso muchas ganas en su elaboración, desde la productora, pasando por los guionistas, el director, y hasta los mismos actores, que no podemos decir que nos ofrezcan la mejor interpretación de sus vidas. El resultado es una película medianamente distraída, con algunas ideas interesantes, pero en ningún caso memorable. Y es una lástima, porqué nos ha generado una peculiar forma de sentido de la maravilla, aquel que deriva no de lo que se nos presenta, si no de los que vemos que podría haber sido con un poquito más de esfuerzo.

(1)

Anecdóticamente, el planteamiento de la película tiene algunos curiosos paralelismos con la trilogía de novelas de David Weber conocida como la saga de Dahak (Mutineer’s Moon, The Armageddon Inheritance, y Heirs of the Empire, publicadas en el recopilatorio Empire from the Ashes), en la que se descubre que la Luna es de hecho una enorme nave espacial que lleva allí aparcada 50.000 años. Roland Emmerich tiene suerte de que David Weber, autor del que quizás hablaremos otro día, no sea un litigante empedernido al estilo del ya fallecido Harlan Ellison, porque si no la demanda por plagio que le habría caído habría sido divertida de ver.

(2)

En cuanto a los agujeros de guión, es decir, incoherencias que pueden romper la suspensión de la incredulidad del espectador, cabe destacar que no es lo mismo una película en la que si uno se para a pensar le encuentra esos fallos e incoherencias, que una en la que el espectador tiene que hacer un esfuerzo por ignorarlos mientras la está viendo porque “le saltan a la cara”. Al filo del mañana sería del primer tipo, mientras que Moonfall se acerca más al segundo. Hay un matiz importante entre una película que no te pide pensar, y una que te pide que no pienses.

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